La historia de la región de Coquimbo, que en lengua indígena significa “lugar de aguas tranquilas”, comienza a construirse con las primeras culturas prehispánicas que se establecieron en la zona.

Los Diaguitas (1000 d. C. – 1470 d. C.) se establecieron en diversos valles ubicados entre la costa y la cordillera y vivían fundamentalmente de la agricultura. A partir del año 1470 d. C., formaron parte del imperio inca hasta el año 1536 cuando llegan los primeros españoles al mando de Diego de Almagro.

Los Diaguitas fueron un pueblo sedentario que ocupó los valles del norte chico de Chile, ubicados entre los ríos Copiapó y Choapa. Se dedicaban fundamentalmente a la agricultura y la ganadería. Para esto utilizaban terrazas de cultivo irrigadas por medio de canales de regadío y abonadas con guano. En ellas sembraban maíz, porotos, quinoa y calabazas. Realizaban intercambios comerciales con otros pueblos y usaban la llama y el guanaco como medio de carga y transporte. De los changos obtenían, por ejemplo, los productos provenientes del mar. También desarrollaron la metalurgia elaborando armas, herramientas y adornos corporales de oro, plata y cobre.

Pero sin duda el pueblo diaguita es conocido por su alfarería, caracterizada por su fina elaboración y hermosa decoración con figuras geométricas, generalmente de color blanco, rojo y negro. Los objetos más característicos de su cerámica son los jarros zapato, destinados al uso cotidiano y los jarros pato destinados al uso ritual y ceremonial.

Habitaban en chozas de una habitación construidas a base de piedra y armazón de palos cubierto por ramas. El hombre más anciano de la aldea era el jefe y sólo él poseía una choza de mayor tamaño con varias habitaciones. La tierra era de propiedad común. Varias chozas formaban una aldea que, a su vez, formaba parte de un señorío. El hombre más anciano de la aldea era el jefe y sólo él poseía una choza de mayor tamaño con varias habitaciones.

Otro de los pueblos prehispánicos que marcaron presencia en esta región fueron los changos los cuales, ubicados en la costa, se dedicaban a la pesca. Este fue el único pueblo nómade de la zona.

Pueblo pescador y nómade que habitaba las caletas y playas del sur del Perú y el norte de Chile. El territorio que ocupaban iba desde Arica hasta el Río Choapa y excepcionalmente hasta la zona del Aconcagua. Sin embargo, su lugar de mayor concentración eran las caletas ubicadas entre Pisagua, el río Loa, Cobija, Paposo y Taltal.

Aunque ocasionalmente cazaban guanacos en los cerros próximos a la costa, los changos fueron conocidos por contar con el mar como principal fuente de recursos. Extraían moluscos y peces y cazaban lobos marinos, cuyos cueros les servían para confeccionar balsas y toldos o carpas que les servían de hogar donde lo requiriesen. Para construir esta embarcación se ablandaba la piel del lobo marino en agua dulce; luego se cosía y se recubría con aceite del mismo animal, dejando una pequeña abertura para introducir una caña que permitía inflarla. Sobre los flotadores se incorporaba una plataforma de madera que podía transportar de uno a cuatro navegantes. El desplazamiento se lograba mediante el uso de un remo de doble pala. Para pescar usaban arpones con puntas de piedra o hueso, anzuelos y redes elaboradas con fibras de totora trenzada o intestinos de lobo marino. Complementariamente, fabricaban cestas de fibras vegetales, vasijas de greda, artículos de cuero y objetos de metal. Nunca cultivaron la tierra, pues no permanecían por mucho tiempo en un mismo lugar, sin embargo, ocasionalmente intercambiaban sus peces y demás productos marinos por los de tipo agrícola de aimaras y atacameños.

Se agrupaban en pequeñas familias con asentamientos dispersos, solo necesitaban agua dulce para beber. Sus viviendas las construían con estacas de madera o costillas de ballena cubiertas con cuero de lobo y algas marinas. En el interior, las familias se acostaban sobre algas secas o cueros de camélidos.

Sus creencias religiosas fueron bastante escasas, pero se contaba entre ellas el culto a los muertos, como otros pueblos precolombinos de la zona norte, ya que enterraban a sus familiares acompañados de herramientas y otros objetos de uso cotidiano.

Los changos se extinguieron a fines del siglo XIX.

También podemos evidenciar la presencia en esta región de los Picunches desde el río Choapa hacia el sur, pero con menos vestigios que los pueblos prehispánicos nombrados anteriormente.
Los Picunches o “gente del norte” fueron agricultores y alfareros sedentarios que habitaron entre los ríos Choapa e Itata, en el norte de nuestro país. Se ubicaban al sur de la cultura diaguita y al norte de los mapuches, recibiendo influencias de ambas culturas.

Su principal ocupación era la agricultura pues cultivaban maíz, porotos, papas, calabazas y ají por medio de un eficiente sistema de acequias de regadío. La tarea no era demasiado ardua pues la zona que habitaban era cálida y poseía abundante agua. También criaban guanacos de los que obtenían carne y lana. Además, fabricaban vasijas, jarros y fuentes de cerámica, así como herramientas para trabajar la tierra y otros instrumentos de uso diario, como pipas y piedras para moler el maíz.

Se organizaban en pequeñas aldeas en las que habitaban cerca de 300 personas. Sus viviendas eran construidas con madera y fibras vegetales que luego eran cubiertas con barro y techadas con totora. Los hombres dirigían a la comunidad, y el padre era la autoridad máxima a la que seguía el hijo mayor. Sólo en caso de guerra había un cacique o jefe que guiaba a los demás.

Los Picunches, que pertenecían al pueblo araucano, habían sido invadidos por los incas y estaban por ello acostumbrados a ser dominados y a tributar a un extranjero. Por esta razón, fueron serviciales y cooperadores con los españoles durante la conquista, disminuyendo rápidamente su número producto del mestizaje. Además, por esta razón los españoles encontraron muy poca resistencia.

La segunda ciudad más antigua de Chile, fue fundada por Juan Bohón en 1544, junto a la desembocadura del río Elqui. Entonces parecía esperarla un auspicioso futuro de prosperidad y desarrollo, puesto que por sus atributos de localización era una paso obligado para los viajeros que recorrían la ruta terrestre entre Perú y Santiago. Sin embargo, la vida urbana de La Serena colonial enfrentó permanentes problemas que impidieron su desenvolvimiento, tal como lo constató el gobernador Ambrosio O'Higgins en 1789, al comprobar el precario estado del equipamiento urbano de la ciudad.

El primero de estos factores fue la permanente hostilidad de los indígenas de la región, que destruyeron la ciudad a los pocos meses de su nacimiento, dando muerte a su fundador. Luego surgió la amenaza de los piratas ingleses que amagaban las posiciones españolas en el Nuevo Mundo, quienes en 1680 y 1686 se apoderaron de La Serena, sometiéndola al pillaje, la violencia y el fuego.

Aunque el territorio contaba con excelentes condiciones era apto para el desarrollo de la minería y la agricultura, haciendo próspera y grata la vida de los serenenses, el temor a nuevas invasiones conspiró en contra del crecimiento urbano y material de la ciudad. De hecho muchos vecinos se mostraron reacios a permanecer en La Serena y gran parte de los excedentes de las actividades económicas más rentables de la región fueron invertidos fuera de ella, como en la capital del reino o directamente en el Perú.

Esta anormalidad en la estructura económica local, impidió que en la ciudad se conformara un sector mercantil y financiero formal, por lo que las funciones crediticias fueron asumidas por las órdenes religiosas. Como consecuencia de aquello, resultó que La Serena colonial era una ciudad que mostraba profundos contrastes entre las edificaciones religiosas y las civiles, ya que mientras las primeras lograron alcanzar un aspecto de solidez y prosperidad, el resto de las construcciones permaneció en un estado de precariedad y abandono. Tal vez por eso, La Serena sea conocida hasta hoy como la ciudad de las iglesias.







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